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En estos tiempos difíciles...

Si hay una verdad universal, una verdad irrefutable, en la que todos los hombres y mujeres de todo credo, etnia, ideología y equipo de fútbol deberían estar de acuerdo es la siguiente: No hay barrio bueno, ojo, sin ferretería buena.

En estos tiempos de grandes superficies y estanterías hasta el cielo y muebles de nombre sueco que se montan con una llavecita, las ferreterías de barrio aguantan el chaparrón con dignidad y torería.

En las ferreterías están las soluciones a todos los problemas. Hay piedras filosofales envueltas en papel de estraza y milagros por unidades o por docenas. Cientos de piezas con nombre desconocido, destornilladores de miles de calibres y formas, maletines llenos de aparatos que le hacen a uno parecer un ejecutivo de la herramienta.Perchas autoadhesivas, mallas anti-resbalón.

Siliconas sella-todo-lo-sellable. Todo un despliegue para el manitas y para el torpe,para el niño que hace trabajos manuales y para el jardinero aficionado. Un vergel 

Entre todos esos hierros y maderas y plásticos con nombres irrecordables destaca algo: el ferretero. Ese sacerdote de la solución que es capaz de escuchar con atención y sin desdén la confusa explicación del cliente sobre lo que necesita, que suele remontarse al principio del problema: “mire usted, mi hijo que va para perista, resulta que ha roto una de las arandelas del baño, pero no una normal, no , la gorda del extremo!”

El ferretero atiende y asiente, y cuando uno acaba de hablar, sentencia: “Usted necesita un fernomo ó perno autobasculante” Vuelve el ferretero con una cajita de cartón y desembala algo que es exactamente lo que uno necesita. “Hombre, muchas gracias esto era.. qué alegría” ¿Cuánto es?

Y he aquí la guinda del pastel. “Setenta céntimos”

 Y es que encima las ferreterías son baratas. Qué tíos.

Mª José Navarro. LA RAZÓN

 

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